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Los jalones de España en el orbe. La expedición Malaspina (II)

Martes 18 de septiembre de 2018, por DENAES

Lucía un sol radiante aquel día de 1789, mientras las embarcaciones permanecían amarradas en el puerto de Cádiz. Y por fin, «recibidas las últimas instrucciones para verificar la salida, dimos la vela en la mañana del 30 de julio, y el viento, ya declarado del Nordeste desde el día anterior, nos fue tan favorable, que pudimos alcanzar la Punta de Anaga, en la Isla de Tenerife, al medio día del 3 de agosto».

Después de cincuenta y un días de navegación, la expedición lograba avistar tierra americana y fondear en la rada de Montevideo. Ya en tierra firme, la fascinación al contemplar las hermosas alamedas, los abundantes arroyos, las extensas dehesas para pasto y el exuberante jardín botánico del Cerro del Pan de Azúcar, dejó paso a la instalación del primer observatorio astronómico provisorio en Montevideo; prueba inequívoca del carácter científico que presidiría toda aquella maravillosa empresa. Desde ese emplazamiento, y a partir de los cálculos matemáticos realizados por el prestigioso Observatorio de San Fernando (Cádiz), se pudo observar el paso de Mercurio por delante del disco solar el 5 de noviembre de aquel mismo año.

Doblado el cabo de Hornos, Malaspina recorrió la costa de la Patagonia, atracando en los puertos de Concepción, Valparaíso, Coquimbo y Arica, regiones interesantes por su riqueza en yacimientos de cobre, plata, oro y mercurio. Pero la empresa española buscaba además obtener información de primera mano acerca de la viabilidad geopolítica del imperio español frente al resto de potencias europeas, tras el escenario internacional que la Guerra de los Siete Años (1756-1763) había dibujado. En este sentido, la vertiente oriental de la Patagonia era todavía una vasta región que no había sido integrada plenamente a la Corona española, aunque formaba parte de la jurisdicción del gobierno del Río de la Plata desde 1569, cuando el rey Felipe II le concedió su administración al adelantado Juan Ortiz de Zárate (1515-1576). Por ello, era prioritario «examinar en la inmensidad de países que aún quedan cuáles son los que forman […] parte efectiva de la Monarquía, gobernados ya por nuestras leyes y capaces de contribuir en algún modo a la defensa de la república, y cuáles son los que no debemos considerar como sujetos a la autoridad nuestra» (Pedro Novo y Colson, La vuelta al mundo por las Corbetas Descubierta y Atrevida al mando del Capitán de Navío D. Alejandro Malaspina desde 1789 a 1794).

El 20 de mayo arribaron al puerto del Callao, en donde la mala climatología concedió un merecido descanso; aprovechado para reponer víveres, reparar las embarcaciones, clasificar el material científico y explorar el territorio. La expedición iba cumpliendo minuciosamente con todos sus objetivos: en las cartas esféricas se reflejaba con sumo detalle la navegación; los astrónomos observaban los cielos con enorme con afán y notable acierto; los naturalistas recopilaban sistemáticamente la fauna y flora de aquellos territorios en numerosos cuadernos, herbarios y colecciones de animales disecados; se pintaban decenas y decenas de láminas botánicas y zoológicas, así como retratos de paisajes y nativos; se redactaban exhaustivas memorias sobre comercio, puertos, recursos naturales y costumbres; y se describían con rigor los métodos de uso y los resultados de los instrumentos náuticos empleados. En suma, una inconmensurable aportación a todas las ciencias positivas que en la época estaban experimentando un formidable desarrollo.

Cuatro meses después, se reanudó el viaje. Un majestuoso litoral salpicado de volcanes se abría ante los ojos de los intrépidos navegantes rumbo a Guayaquil, Panamá —región en la que Malaspina intentó encontrar sin éxito un paso natural que uniera el Pacífico y el Atlántico y ahorrara tiempo de navegación a los barcos que quisieran atravesar el continente americano— y las costas de Nicaragua. Ya en Acapulco, la llamada Comisión de Nueva España desembarcó para realizar estudios geográficos y astronómicos y recolectar muestras de animales, plantas y minerales, mientras el resto de la expedición prosiguió su ruta por la costa pacífica norteamericana rumbo norte, llegando hasta Alaska, donde descubrieron y exploraron lo que en la actualidad se conoce como el Glaciar de Malaspina. El 20 de diciembre de 1791 la Comisión de Nueva España reembarcó en el puerto de Acapulco y la expedición zarpó para atravesar el Pacífico hacia las islas Marianas. Tras visitarlas, se dirigieron hacia las Filipinas, donde nuevamente se dividiría el contingente. En las costas de China se llevaron a cabo más experimentos geodésicos, mientras la otra parte de la expedición cartografiaba la costa filipina y se adentraba en tierra, ayudada por el botánico Juan de Cuéllar, para reconocer, dibujar y estudiar numerosos ejemplares. Manila sería el nuevo punto de reunión para reemprender el viaje hacia Nueva Zelanda y Nueva Holanda (hoy Australia). Todo el material recogido y elaborado hasta aquel momento fue enviado a España en otros barcos para que fuera siendo analizado y clasificado en el Real Gabinete de Historia Natural y el Real Jardín Botánico de Madrid.

Las islas de la Sonda, las Molucas y Nueva Guinea fueron exploradas también antes de volver al Callao, cruzando otra vez el Océano Pacífico, pero ahora en sentido inverso. Desde Lima, un grupo de expedicionarios emprendió una travesía por tierra a través de los Andes y el resto del continente en dirección a la ciudad de Buenos Aires. No cesó en ningún momento la actividad investigadora, encabezada en ese momento por el botánico checo Haenke. Otro grupo, éste dirigido por el también botánico Luis Née, partió hacia el sur para explorar Chile, cruzar los Andes y reunirse con el primer grupo en Montevideo. Por su parte, las dos corbetas volvieron a doblar el cabo de Hornos, atravesaron el estrecho de Magallanes y recogieron a las dos expediciones terrestres en Montevideo. Desde allí zarparían de regreso a España, llegando a Cádiz el 21 de septiembre 1794. Una vez desembarcados entre honores, y a petición del propio Malaspina, los miembros de la expedición fueron recompensados por su excelente labor.

Los materiales recopilados durante la expedición fueron depositados inmediatamente en la Dirección de Hidrografía, en donde un equipo se encargaría de organizar para su publicación los diarios y derroteros. Sin embargo, el carácter liberal y reformista de Malaspina respecto a la administración de las posesiones españolas le enfrentó a Godoy. Se abrió entonces un proceso contra él que le llevaría a ser recluido durante siete años en Coruña, obstaculizándose además la publicación inmediata de los resultados de tan gran y noble empresa. Todos los preparativos para la publicación quedaron suspendidos, a pesar de estar ya muy adelantados, y la documentación que obraba en poder de los redactores quedó secuestrada en la Secretaría de Estado de Marina. Terminado el proceso contra Malaspina esa documentación volvió a la Dirección de Hidrografía, donde permaneció depositada en cajones cerrados. La cartografía y las observaciones astronómicas, esenciales para la fiabilidad y seguridad en la navegación, se mantendrían al margen de las vicisitudes políticas, procediéndose a su publicación a partir de 1795. No obstante, no fue hasta 1885 que se publicaron en Madrid todos los documentos originales de la expedición con el título de Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas Descubierta y Atrevida al mando de los capitanes de navío Alejandro Malaspina y José de Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794. El marino e historiador Pedro Novo y Colson había revisado exhaustivamente los originales que se guardaban en la Dirección de Hidrografía y había seleccionado los más significativos para su publicación. Se hicieron dos ediciones el mismo año.

En la actualidad, el Museo Naval de Madrid custodia todo el fondo documental de la Expedición Malaspina, que contiene 3.703 documentos (algunos con una extensión superior al millar de folios), de los cuales 1.284 pertenecen a correspondencia oficial, órdenes e instrucciones diversas con fechas que van desde 1788 a 1816. Los diarios de mar y tierra alcanzan los 440 documentos, a los que hay que sumar 406 diarios y cuadernos de cálculos astronómicos e hidrográficos, 162 cuestionarios y consultas científicas, 239 documentos copiados de distintos archivos para la preparación de la expedición y 25 documentos relevantes sobre la historia físico-política de América. Asimismo, en el Museo Naval se conservan 354 dibujos botánicos, zoológicos, etnográficos y urbanísticos de excepcional calidad y numerosos borradores y apuntes digitalizados; 30 láminas de cobre abiertas con dibujos originales del viaje; y unas 900 cartas perfectamente catalogadas y digitalizadas, que suponen casi toda la cartografía elaborada por la expedición desde los primeros avistamientos costeros.

Todo ello en su conjunto constituye un fondo documental de enorme e indiscutible valor que resulta objeto de admiración por parte de numerosos estudiosos; un formidable compendio del conocimiento de aquella época que nos permite constatar el progreso y ensanchamiento de los distintos cursos y campos científicos de la nueva ciencia moderna. Un fondo documental por desgracia poco conocido hoy por la mayoría de compatriotas. Sirvan pues estos dos artículos de humilde reconocimiento a la labor científica y política de aquellos españoles, y de leve contrapeso al olvido, la ignorancia o el relato maldiciente contra España.

Francisco Javier Fernández Curtiella. Doctor en Filosofía