23 de abril de 2018

El clavel del Almirante

23 de abril de 2018, por DENAES

Cuentan que madrugaba con toda la familia, y que ayudaba a sus hijos con las lecciones hasta las nueve, hora en la que éstos se dirigían a la escuela y él a su despacho del ministerio de Marina. Cuando regresaba a casa, por la tarde, continuaba dedicando tiempo a sus vástagos, y sólo después de cenar se permitía leer o pasear hasta las diez, hora en la que regularmente se acostaba. Disfrutaba de su afición a la música siempre en compañía de su familia. Cuentan también que su único derroche tuvo lugar la tarde del 23 de enero de 1878, cuando decidió acudir al teatro con ocasión de la boda del rey Alfonso XII con Doña María de las Mercedes de Orleáns. Así transcurría su día a día durante el tiempo que vivió en Madrid, tras haberse visto forzado a distanciarse de la mar aceptando el puesto que le había ofrecido el presidente del Consejo de Ministros, Cánovas del Castillo.

Aborrecía los cargos políticos. «Como modesto Oficial de Marina creo que podría ser de más valor, mandando Escuadras, Departamentos Navales o cualquier otro destino que no tenga carácter político»; fue su respuesta a Segismundo Moret, líder del Partido Liberal, cuando éste le propuso ser ministro de Marina. Por aquel entonces había alcanzado ya el grado de Capitán de navío de primera clase (hoy Contralmirante) y había sido nombrado Director Técnico y Administrativo de los Astilleros del Nervión, por deseo expreso de la Reina Regente Doña María Cristina, viuda de Alfonso XII y madre del joven Alfonso XIII. Práxedes Mateo Sagasta, primer ministro, sí logró, por intercesión de la propia Reina Regente, que aceptara la cartera de Marina, aunque apenas permanecería tres meses en el cargo. El incumplimiento de la promesa que le había hecho Sagasta de no reducir el presupuesto de su ministerio se sumaba al humilde convencimiento de no poder continuar desempeñando una labor para la que, en sus propias palabras, «no había sido preparado». Su sino estaba en el mar de las Antillas.

Pronosticó el desastre que se avecinaba en las posesiones españolas de Ultramar: «Parece que el conflicto con los Estados Unidos está conjurado, o al menos aplazado; pero puede revivir inesperadamente, y cada día estoy más convencido de la idea de que resultaría en una gran calamidad nacional». No obstante, estaba resuelto a no romper su compromiso con la patria: «seré paciente y cumpliré con mi obligación, pero con la amargura de saber que mi sacrificio es en vano». Aunque el estado de sus buques era muy deficiente, como ya había venido advirtiendo reiteradamente, recibió orden desde España de partir para las Antillas, Sus dotaciones, condenadas a un destino fatal, navegaron entre penurias desde Cabo Verde hasta la Martinica, y de ahí a Curazao, para finalmente arribar a Santiago de Cuba el 19 de mayo de 1898. Desde esa fecha, su escuadra, embotellada por los americanos, colaboró activamente en la defensa de la ciudad.

Recibió honores de su enemigo. Tras el desbaratado intento americano de hundir el vapor Merrimac, cargado de carbón y rodeado por un cinturón de recipientes llenos de pólvora, el Teniente Hobson y los ocho voluntarios que le acompañaron en la aquella frustrada misión, fueron rescatados de la balsa en la que permanecían a la deriva. El generoso y caballeroso trato que les dispensó el Almirante español le granjeó incluso el respeto de los miembros del Senado de los Estados Unidos, que, al finalizar la guerra, le dedicaron un memorial.

El 3 de julio de 1898 tuvo lugar su último combate naval. En vísperas, envió a tierra un paquete convenientemente sellado que contenía cartas, telegramas y documentación oficial, para que fuera custodiado por el Arzobispo de Santiago, a quien dio instrucciones precisas para que lo guardara en lugar seguro y lo mandara al Almirantazgo si sobrevivía, o a su familia si fallecía en la contienda. Consciente del riesgo que asumía, decidió plantar cara a la escuadra americana y salió a mar abierto con sus buques para romper el cerco. Víctor Concas, Capitán de navío y Comandante del buque insignia español, relató aquellos dramáticos instantes: «¡Pobre España! Le dije entonces al Almirante, y él me contestó significativamente con la cabeza, dando a entender que había hecho todo lo que era posible para evitarlo, y que su conciencia estaba tranquila…». Pasadas cuatro largas horas, la derrota; 323 muertos y 151 heridos. El Capitán de navío Evans narró con detalle los acontecimientos que siguieron a la recogida de los españoles, con el Almirante a la cabeza. Explicó que: «cuando puso el pie sobre la cubierta fue recibido con todos los honores debido a su graduación por la totalidad de mi Oficialidad. La dotación del Iowa junto con la del Gloucester prorrumpió en un “hurra” cuando el Almirante español saludó a los oficiales americanos». Al estrechar su mano, Evans pronunció las siguientes palabras: «Caballero, sois un héroe. Habéis realizado el acto más sublime que se recoge en la historia de la Marina». A su regreso, el recibimiento del ministro Ramón Auñón fue tan gélida como significativa: «-Siento mucho lo sucedido, General. Supongo que habrá usted perdido todo lo suyo en el naufragio. -Así es —contestó Cervera—, todo menos el honor».

Ésta es tan solo una breve semblanza del almirante Pascual Cervera Topete, nacido en la localidad gaditana de Medina Sidonia el 18 de febrero de 1839. Es la semblanza de un hombre entregado al oficio de la mar; de un caballero esquivo a las loas banales o espurias que emponzoñan la política; de alguien noble reconocido allende los océanos y casi olvidado en su tierra; de un marino cuyos restos reposan hoy en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz), recordándonos la injusticia que cometeríamos si no pusiéramos en el lugar que merecen sus servicios a España. Porque, como él mismo dijo: «La Sociedad en la que cada cual cumpla con su deber será feliz».

Para otros, ésta es tan solo la breve semblanza de un «facha». Para otros, como la alcaldesa de Barcelona, que recientemente ha sustituido de una calle del popular barrio de la Barceloneta el nombre del almirante Cervera por el del actor Pepe Rubianes. Sí, ese elegante sujeto que dijo aquello de: «A mí, la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás, que se metan a España en el puto culo, a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando del campanario; que vayan a cagar a la puta playa con la puta España, que llevo desde que nací con la puta España, vayan a la mierda ya con el país ese y dejen de tocar los cojones». Durante el acto de oprobio, Ada Colau, bien escoltada por los habituales idólatras del embeleco progre-separatista, señaló que al refinado actor le habría encantado que «su amado público» se juntara con el fin de quitarle el nombre de una calle a un «facha» para ponérselo a él mismo. No quiero contestar yo, que lo haga el propio almirante Cervera: «cuando las naciones están desorganizadas, sus Gobiernos, que son simplemente el resultado de tal desorganización, también están desorganizados, y cuando llega el lógico desastre, no quieren su causa real; por el contrario, más bien el grito es siempre “traición”, y buscan a la pobre víctima que expíe las culpas cometidas por otros».

Como muestra del enorme y merecido prestigio que alcanzó Cervera, en las floristerías de Nueva York se llegó a vender durante algún tiempo el llamado «clavel de Cervera» o «clavel del Almirante», una flor de color amarillo con los bordes de sus pétalos en rojo, emulando los colores de la enseña nacional. Hoy, el amarillo que más se reconoce es el de los despreciables lazos que penden de algunas solapas no menos deleznables. ¡Pobre España!

Francisco Javier Fernández Curtiella

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