Portada del sitio > Actualidad > Editorial > La concepción de España como Estado Federal

La concepción de España como Estado Federal

Martes 11 de abril de 2017, por DENAES

Ahora algunos políticos (no sé si decir ignorantes o descerebrados), ante las absurdas reivindicaciones independentistas de catalanes y vascos, pretenden establecer en España un nuevo modelo de Estado: el Estado Federal, cosa que tiene muy poco que ver con la evolución histórica de España y menos aún con las conveniencias políticas y sociales de este gran país que superó hace quinientos años la situación territorial y política atomizada en que había desembocado la Reconquista. Durante ella y a lo largo de ocho siglos, los avatares de la guerra contra el Islam hicieron nacer pequeñas entidades territoriales gobernadas por caudillos que se coronaron como reyes y que constituyeron una entidad unida por la fe común, pero separada por las barreras interiores de aquellos distintos reinos que se fueron formando.

El propio Califato de Córdoba, al entrar en descomposición por razones históricas que no es el caso dilucidar en este artículo, derivó en los llamados Reinos de Taifas contra los cuales tuvieron que luchar los príncipes cristianos hasta someterlos a todos tras la última guerra de Granada. Pero la conciencia de unidad nacional, en el seno del imaginario español, continuaba vigente, tanto con la tradición de la Hispania Romana, como de la llamada Monarquía de Toledo.

La llegada de los visigodos y la descomposición del Imperio Romano no rompió, ni mucho menos, el repetido sentido de unidad, sino que fue el invasor musulmán el que deshizo esta unidad española, porque para defenderse del Islam hubo de dividirse en distintos territorios que defendieron con las armas su ideología cristiana y su tradición hispánica.

Así pues queda suficientemente claro que fue la decadencia y la invasión extranjera la que descompuso a España, dividiéndola y fragmentándola, hasta que la fuerza de sus reyes expulsó al invasor y reconstruyó la perdida unidad que nunca fue olvidada por el pueblo que soñaba con la llamada «España Perdida».

Y con el advenimiento de los Reyes Católicos, se consumó la unión de los dos principales reinos hispánicos, Castilla y Aragón, ensanchados con la conquista de Granada, última taifa musulmana, y completados gracias a la posterior anexión del Reino de Navarra en 1513.

A partir de este momento, hace ahora cinco siglos, toda España deja de ser un mosaico de «Estados» o «Reinos», para convertirse en un verdadero Estado, que fue evolucionando hasta que Felipe V centralizó España, haciéndola, al estilo francés, un Estado potente, unitario y cohesionado. Así se formó una poderosa entidad que es la nueva estructura política de España como Estado Moderno, realidad que suscitó la envidia de muchos reyes y políticos europeos, divididos en pequeños reinos, muchos de ellos, como Italia, aún con estructuras feudales hasta el siglo XIX.

Sin embargo, asistimos hoy a las afirmaciones de ciertos políticos que en territorios minúsculos como Vascongadas y Cataluña insisten, unos en el llamado hecho diferencial (Rh negativo y otras tonterías), los otros en el principio nacional, basado en una lengua y cultura propias. Ambas afirmaciones son falacias en cuya refutación no merece la pena gastar una línea más del presente artículo, porque ni todos los vascos tienen Rh negativo, ni Cataluña ha sido jamás una nación.

España, pues, ya muy a principios del siglo XVI, cuando aún la mayor parte de Europa era un mosaico de pequeñas naciones, se constituyó, terminada la Reconquista, en un verdadero Estado Federal que fue, con bastante celeridad, transformándose en una fuerte unidad política capaz de expandir su poder e influencia a Europa, desde Valencia hasta Turquía, y a conquistar América al otro lado del Atlántico. Y ello fue así porque desde las épocas romana y visigótica, España era una unidad política, luego des-membrada por la invasión de los moros pero, como queda dicho líneas arriba, siempre persistió en la conciencia de los españoles cristianos el sentimiento de la Patria común, de la Monarquía de Toledo y de la España perdida que la Reconquista se encargó de recuperar.

Ahora, cinco siglos después, hemos inventado las Autonomías, volviendo a la división de los antiguos Reinos de la Reconquista y no contentos con ello, queremos dar un nuevo paso atrás, reinventando el federalismo de tiempos de los Reyes Católicos que ya habíamos felizmente superado. Parece increíble la ignorancia de quienes sostienen estas ideas, porque la solución federal se aplicó en la historia para unir lo que estaba separado, como son los casos de Estados Unidos de América, la Confederación Helvética o la propia Alemania, cuyos territorios optaron por asociarse para hacerse más fuertes y lo hicieron siglos después de que España ya fuera una unidad política, territorial y administrativa. ¿Qué necesidad hay ahora de descoser lo que estaba bien cosido?

Es verdaderamente gracioso, si no fuera porque es trágico, que lo que los moros deshicieron y nos costó ocho siglos reconstruir, lo quieran volver a desmembrar ahora los cristianos. Y lo peor es que esta sinrazón no es de ahora. Tenemos los desgraciados ejemplos de la Primera República, con sus diecisiete estados (tantos como son ahora las autonomías) que acabaron en guerra unos contra otros y la también fatídica experiencia de la Segunda, con su Estat Català y su País Vasco independientes, amén de otros pruritos, como decía Don Miguel de Unamuno, en diversas partes de España.

Convendría que nuestros políticos estudiasen más la Historia de España, porque por el camino de ignorancia y de servidumbre por el que transitamos vamos marcha atrás. Estamos convirtiendo la unidad nacional en la desunión general. Y lo que es aún peor, creando unos odios regional-nacionalistas impensables en una nación moderna y culta que fue capaz de unir bajo una sola estructura política el que Salvador de Madariaga llamó «el imperio más rico y majestuoso que vio el mundo en trescientos años».

Con su absoluta ignorancia de la Historia de España, entre los que nos gobiernan y quienes se oponen a ellos, si Dios no lo remedia, nos están llevando a un desastre nacional. Y no será porque una multitud de voces sensatas no se lo hayan advertido.