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El constante ataque contra la Iglesia católica

Jueves 30 de marzo de 2017, por DENAES

La siembra de odios y persecuciones hacia las ideas de los católicos, por parte de los que se reclaman de laicos, progresistas y otras tonterías, colma toda medida razonable y raya con el despropósito y no está muy lejos tampoco de la histeria. Porque la tan alabada libertad de expresión, de la que hacen gala estos individuos, es exclusivamente patrimonio de sus creencias (si es que tienen alguna que valga la pena) y todo lo que no sea un feroz laicismo combatiente y despiadado, resulta ser para ellos “fascismo”, haciendo gala tanto de una ignorancia oceánica, como de una penosa confusión mental, confusión que nos está llevando a divisiones internas que solo sirven para romper la unidad de España, pues quien siembra vientos, recoge tempestades.

Y no nos referimos a la unidad de pensamiento, pues cada cual es muy libre de creer y de pensar como mejor le parezca, siempre que lo haga con el debido respeto y consideración a los que tengan ideas distintas, pero la misma falta de ese respeto no hace otra cosa que dividir y enconar a unos contra otros y conseguir que la pelea inherente a su actitud beligerante, descomponga el buen entendimiento político que debe de imperar en una nación civilizada, máxime cuando a todos ellos no se les caen de la boca las palabras “Democracia y “Estado de “Derecho”

Si esta camándula de bárbaros tuviera un poquito de ilustración, sabrían que Europa y, por consecuencia la propia España, son un constructo del Cristianismo, heredero legítimo del Imperio Romano, que desde los tiempos del Emperador Constantino, eligió la Cruz de Cristo por ideal y bandera y en su proyección militar y conquistadora, consiguió que el Derecho Romano y su sistema de ideales cívicos y políticos, forjasen un continente que es matriz y referencia de toda la civilización occidental, incluida América, tanto la del Norte como la del Sur.

No está de más recordar a estos intransigentes, que gracias a la religión cristiana y en una lucha secular de ochocientos años, España consiguió verse libre del Islam. De no ser por ello, hoy seríamos un país como todos aquellos que invocan la Yihad y la Guerra Santa (¿puede ser santa una guerra tan cruel y terrorista?), con todas las connotaciones que tal condición comporta y, además, sin petróleo, lo que añadiría a la barbarie musulmana, la miseria económica.

Desde DENAES queremos alzar nuestra voz en defensa de los valores religiosos, cualesquiera que éstos sean y, sobre todo, del cristianismo, porque él forjó la unidad de España y sus tesis, basadas en las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, que quiérase o no se quiera reconocer, son trascendentes y no enseñan nada malo, sino todo lo contrario. Son más firmes y más íntimas que las tan traídas virtudes cívicas de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad, mucho más evanescentes y a España no vinieron a enseñarle nada nuevo, pues como dice Julio Nombela, autor político del siglo XIX:

“La auténtica y genuina monarquía española, en cuanto a libertades y franquicias, no ha sido superada, ni siquiera igualada, por la Revolución Francesa”.

Y esas franquicias y libertades, son herencia directa de la implantación cristiana que desde la Monarquía de Toledo, hasta el día de hoy, han sabido establecer los valores y las buenas costumbres que hicieron grande a España. A esa misma España que ahora quieren empequeñecer toda esta serie de ignorantes que basan su propaganda en acciones tan mezquinas y, lo que es peor, de tan mal gusto, como entrar “a pecho descubierto” en la Capilla de la Complutense o en gritos necios como “arderéis como en el treinta y seis”, por no hablar de querer hacer de las Catedrales de Córdoba y de Zaragoza centros de reunión laicos para aleccionar ahora en todo lo contrario de aquello para lo que fueron fundadas.

Tampoco son de recibo las procesiones laicas con imágenes sexuales y blasfemas y un montón de otras conductas sobradamente sabidas en las que no quiero detenerme, y que deberían de ser prohibidas por las autoridades competentes, no solo como medida de buen gobierno, sino también y sobre todo, de buen gusto.